“Brasilia no es fundamental en mi trabajo”, dice el autor de sus palacios.
“Me ha gustado hacer lo que hice porque fue un momento de optimismo, cuando todos creían que Brasil iba a mejorar, pero es una parte de mi trabajo. Una arquitectura diferente, por cierto. En Brasilia, los palacios pueden gustarle o no, pero jamás podrá decir que antes había visto algo igual. Un Congreso como aquel, una catedral como aquella... Puede que haya visto mejores, pero iguales, no. Eso es Brasilia”.
Cuando le preguntan por qué sigue trabajando tanto a esas alturas de la vida, la respuesta es siempre la misma: “El trabajo me distrae. A mi edad, más vale estar ocupado, para no pasar el tiempo pensando tonterías”. Cuenta que le gusta quedarse solo en su despacho, repasando
la vida e imaginando lo que vendrá. “A veces, el pasado aparece, y recuerdo a mis hermanos, a los amigos ya perdidos para siempre, y entonces una tristeza mansa y silenciosa me invade. Otras veces lo que irrumpe es la miseria del mundo, esa miseria inmensa que los más ricos aceptan, indiferentes”. “Soy radical”. Dice y reitera, con ligeras variantes, a lo largo de las últimas muchas décadas.
Y para no dejar ninguna duda, escribió a mano, en la pared que está justo a la entrada de su estudio de Copacabana:
“Cuando la vida se degrada y la esperanza huye del corazón de los hombres, la revolución es el camino a seguir”. Antes hubo otras frases. Él mismo
las renueva a cada tanto.

Trabaja solo, creando los trazos generales de sus proyectos, que luego son detallados por otro equipo de profesionales. Se queda parado frente a la mesa de arquitecto. Diseña con plumones gruesos, de tinta negra. Los trazos nacen sueltos, veloces, siempre enamorados de las curvas, del desafío de inventar algo nuevo y bello. Dice que cuando encuentra la solución en el dibujo, de inmediato escribe la explicación. Si esa explicación no le parece clara y convincente, es porque el trazo está equivocado. Entonces, empieza otra vez. Recibe pedidos de proyectos de varias partes del mundo. España, Noruega, Italia, Alemania e Inglaterra están entre los más recientes. En los fondos del estudio tiene una pequeña sala atiborrada de libros, que es su refugio íntimo. Allí oye música, allí tiene sus conversas personales más profundas con el silencio. Por las mañanas suele tratar de la vasta correspondencia que recibe. Dicta las respuestas. A cada tanto recibe a periodistas que vienen de todo el mundo.
Además,
recibe caravanas de arquitectos que entran al estudio como quien entra en un templo de peregrinación.Hay sorpresas creadas por sus proyectos. El Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi, al otro lado de la bahía de Guanabara, exactamente enfrente de Río de Janeiro, logró algo insólito: desde su creación, en 1996, recibe un público superior al de Maracaná, el templo del fútbol
en un país de futboleros. La marca de Niemeyer es indefinible, según muchos arquitectos. Otros, los estudiosos, buscan raíces y explicaciones.
Dicen, por ejemplo, que bebió en las fuentes del barroco, o mencionan la influencia de Le Corbusier, con quien Niemeyer trabajó en los primordios de su carrera, allá por los años veinte, y luego otra vez, en el proyecto de la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. Rechaza eso de las influencias.
Dice que aprendió de mucha gente, pero que es dueño de su trazo, el responsable de sus búsquedas. Para él, nada de eso importa. Arquitectura, para Niemeyer, es nada más que proyectar el espacio vacío. Es lo que hizo en Brasilia, y en todas sus obras.
El comunista convicto, el ateo irreductible, proyectó templos, iglesias y catedrales para los más distintos credos. La más hermosa es la de Brasilia, con sus 16 columnas curvas, idénticas, diseñadas en círculo, que se levantan hacia el cielo como manos que se encuentran con un tono de súplica. No hay cruz, no hay imágenes tradicionales de santos. En otra catedral católica, la de Niteroi, otra ha sido la osadía: el edificio se eleva sobre columnas, en un terreno cercado por el mar. Dentro, las personas tendrán la sensación de estar sobre las aguas.
Niemeyer dice que le gusta la idea de una catedral suspensa en el aire, para crear una atmósfera serena para que los creyentes puedan hablarle a Dios –un Dios que, para él, no existe–.
Ganó los premios más importantes del mundo. Admite que el reconocimiento es, siempre, algo agradable, pero no se deja impresionar demasiado.
Repite, una y otra vez, lo de la importancia de los amigos y la necesidad de cambiar el mundo. Recuerda que hace algunos años, Fidel Castro comentó: “Parece mentira, pero ya no quedan más que dos comunistas: Oscar Niemeyer y yo”. Muestra más orgullo por la frase que por los premios.
Tiene, en todo caso, y más aún a estas alturas de la vida, plena conciencia del respeto que su obra conquistó mundo afuera.
¿Y Brasilia? “Construir una ciudad ha sido fantástico. Le dio al pueblo brasileño la idea clara de que podía lograr lo que se propusiera. Pude hacer una arquitectura que sorprendía. Pero luego el sueño se acabó, precisamente en el día de la inauguración. No subí al palco de las autoridades: me quedé abajo, con los peones que habían trabajado para construir una ciudad donde no podrían vivir. El mundo soñado era imposible. Dejábamos de ser iguales”.
André Malraux dijo un día que Niemeyer tenía “su propio museo de curvas, de recuerdos, de las formas más amadas”.
Eduardo Galeano escribió que Niemeyer “odia el capitalismo y el ángulo recto. Contra el capitalismo, no es mucho lo que puede hacer. Pero contra el ángulo recto, opresor del espacio, triunfa su arquitectura libre y sensual y leve como las nubes”. De uno de sus mejores amigos,
el antropólogo Darcy Ribeiro, muerto en 1997, oyó lo siguiente: “Oscar es la realización, hasta el límite, de la capacidad humana de crear belleza.
Dentro de 300 años nadie se acordará de ninguno de nosotros, pero de él, sí”. Para Niemeyer, se equivocaron todos. Nada de eso tiene importancia.
“La vida es un soplido. Todo acaba. Me dicen que después de que yo muera, otras personas verán mi obra. Pero esas personas también morirán.
Y vendrán otras, que también se irán. La inmortalidad es una fantasía, una manera de olvidar la realidad. Lo que importa, mientras estamos aquí, es la vida, la gente. Abrazar a los amigos, vivir feliz.
Cambiar el mundo. Y nada más”.